jueves, 18 de octubre de 2012

Hubo una vez una bruja... (2)


Al día siguiente, el conde Dadmal estaba preocupado. Con sus últimas fuerzas, la bruja había tocado la mano de la niña. Según las antiguas leyes, en ese momento los poderes de la bruja habían pasado a la niña. Él lo había visto. Casi toda la aldea también lo hizo. Los rumores sobre la existencia de una nueva bruja se estaban desatando entre los aldeanos. Los poderes de esa bruja serían temibles para el conde y en cualquier momento podía utilizarlos contra él. La venganza de la nueva bruja estaba provocando que los vasallos cuestionaran la autoridad del conde en el poblado.

Lo cierto era que la niña había tardado en morir unos pocos días. Sin embargo, en ese tiempo varias personas habían sido encargadas de cuidarla. El conde Dadmal había ordenado que se vigilara cada acto, cada movimiento de estas personas, pero bastaba un pequeño toque en la mano de la niña para que una de esas jóvenes se hubiera convertido en bruja y hubiera adquirido los poderes capaces de derrocarle.

Incluso si las viejas leyes no eran ciertas, incluso si aquella mujer asesinada no era ciertamente una bruja sino una simple curandera, la esperanza de la gente del pueblo se había desatado. La creencia en los antiguos poderes les daba una alternativa, la llegada de un salvador o salvadora que les liberaría de su tiránico régimen. Eso no le convenía. Llamó al sacerdote, él tendría que arreglar esto, después de todo se trataba de asuntos místicos…

Una hora después, sus lacayos anunciaron la llegada del sacerdote Aruc. La necesaria visita del sacerdote le producía  al conde Dadmal una mezcla de sensaciones que iban desde el asco que le producía estar en su presencia física, hasta el temor al gran poder místico, carismático y político que el sacerdote Aruc se encargaba de ostentar en todo momento.

Aruc era de complexión fuerte, calvo como los cánones de su orden obligaban. Tenía una angulosa y prominente nariz. Llevaba un parche sobe el ojo derecho que le daba un cierto halo tenebroso. Aunque no se podía determinar a ciencia cierta su edad,  aún parecía joven y su cuerpo era más bien el de un guerrero. Entró con las manos cruzadas, envuelto en la capucha de su capa marrón. Se dispuso a hablar…                                                                                          

Fernando Bolea Barluenga