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jueves, 6 de enero de 2022

Mi experiencia con el Covid VII (último)

 

Día 8. 5-1-2022. Final.

Hoy me he levantado bastante bien. Creo que los problemas de garganta y cabeza van a seguir, aunque a menor nivel. Estoy acostumbrado, casi siempre los tengo.

Este último día paso de enfermo a cuidador. Mi mujer tiene síntomas y decidimos que pase en su cuarto gran parte del tiempo. Yo estoy en el resto del piso con mi hijo, haciendo tareas, pero con tranquilidad. Aún no estoy recuperado del todo.

Mañana es Reyes, lo celebraremos aquí juntos con los regalos que teníamos disponibles. No queremos que el crío pierda la ilusión y hacemos todo lo posible para mantener el sueño. Videoamada de los Reyes incluida. Las tecnologías facilitan mucho las cosas. El niño se emociona al ver que los Reyes le hablan y que le van a traer algo.

El viernes será mi vuelta al trabajo. Será rara, porque la gente ya sabe que he estado infectado. En broma, por el móvil les he comentado a mis compañeros que me hagan el vacío, que se alejen de mí. Me han contestado que no me preocupe, ya lo iban a hacer. Normal. En realidad, no hay mucho problema, las distancias entre nuestros puestos son grandes, llevamos mascarilla y guantes todo el tiempo.


Lo que pienso de todo esto

En fin, esta ha sido mi experiencia con el Covid. Gracias a la vacuna, y supongo que a mi propia salud, he pasado la enfermedad de forma muy leve, casi sin síntomas. La peor parte fueron los días de aislamiento, que se hacen muy largos, a pesar de estar en mi propia casa con todas las comodidades y encontrarme relativamente bien.

Ahora comprendo mucho más a la gente que está mucho tiempo en una cama de hospital. También me compadezco de los enfermos que pasaron el Covid en pabellones u hospitales donde sólo poseían una cama y nada de intimidad. Tuvo que ser muy duro.

La otra parte negativa es la incertidumbre. Se suma a la enfermedad y no te deja descansar tranquilo. Los fallos del sistema de atención primaria hacen que estés inseguro sobre lo que tienes y además sobre tu situación laboral. Esto tiene que mejorar mucho.

No puede ser que yo estuviera seis días sin hablar con un médico. Días en los que yo estaba enfermo y sin tener la baja, menos mal que coincidieron con días de ERTE, porque hubiera sido una situación peliaguda. Más aún, es grave que al final lograra contactar con el médico porque fuimos en persona al ambulatorio y la administrativa de admisión tuvo a bien concertarme otra cita sin que yo estuviera presente. Una cita independiente del proceso de mi enfermedad, como si la hubiera pedido para cualquier otra cosa de salud.

Y por último, una reflexión, como en la mayor parte de los trabajos, las cosas salen por la voluntad de la gente que trabaja allí, no porque funcione bien la organización. En esto del Covid, las instituciones han pegado varios bandazos a lo largo de los días al ver el exponencial aumento de los casos. Sin embargo, la atención de las personas del ambulatorio ha sido aceptable, más bien buena.

Dentro del caos y la presión que tenían, incluso de los mismos pacientes, las personas que nos hemos encontrado nos han atendido de manera amable, paciente y diligente. También los médicos que nos han llamado finalmente han explicado todo muy claramente. Si fuera de otra forma, el caos hubiera sido total. Gracias a ellos las cosas han salido medio bien.

Espero no volver a recaer, aunque todo es posible. Este virus ha demostrado ser muy traicionero. Si lo hago, maldeciré mi mala suerte y tendré que volver a confiar en nuestro sistema público de salud. Para entonces, deseo que se haya aprendido de la experiencia, que la gestión de la pandemia sea adecuada en medios y recursos, que los tratamientos y vacunas sean eficaces, y sobre todo que el éxito sanitario no dependa tanto como ahora de la buena voluntad de sanitarios y pacientes para solucionar los problemas.

Gracias por leer este blog.

miércoles, 5 de enero de 2022

Mi experiencia con el Covid VI

 


Día 7. 4-1-2022. Día D.


Hoy hay que madrugar. Se supone que los médicos nos llamarán a primera hora, que imaginamos que será sobre las ocho de la mañana. A ver cuanto tardan y lo que dicen.

Primero llaman a mi mujer, le dan la baja para una semana, a falta de realizar la prueba de antígenos al final de la mañana. También le harán la prueba a nuestro hijo. Recibe las instrucciones médicas y sobre la cuarentena que necesita. Bien.

Luego me llaman a mí. La médico me comenta que mañana es el último día de aislamiento. El del contagio no debe contar. Me tramita el alta y baja de un día para mañana. Le digo que sigo teniendo síntomas, pero leves. Me dice que si tengo algún problema mayor, vuelva a llamar y gestionaría una recaída. La verdad es que me he tranquilizado bastante.

Aprovechamos la mañana para comunicar por teléfono las bajas en nuestras empresas, aunque parece ser que los partes se tramitan electrónicamente y no tenemos que presentarlo en persona.

El crío ha salido positivo, asintomático. Mejor así, de ser negativo, tenía que estar una semana más en casa que el que tuviera la última alta.

Al final, mi mujer también sale positivo. Ella sí tiene síntomas, con momentos de fiebre, malestar y cansancio. Lo está pasando como un catarro fuerte.

Dada la situación, establecemos nuestras propias medidas. Después de usar la mascarilla un rato, al final decidimos relajar un poco su uso y al final nos la quitamos, todos estamos infectados. Intentamos comer lo más alejados posible, pero en la misma mesa. No hacemos aislamiento rígido, aunque nos mantenemos alejados entre nosotros lo máximo posible. Dormiremos cada uno en un cuarto.

Encargamos la compra por internet, que llega al final de la tarde. Acabamos el dia sin mayores complicaciones. Menos mal.

martes, 4 de enero de 2022

Mi experiencia con en Covid V

 


Día 6, 3-1-2022. Nervios.



Me despierto algo mareado. He oído por ahí que es uno de los síntomas que pueden ocurrir. Supongo que se deberá también a la pérdida de líquidos de la diarrea que tuve ayer.

Hoy he vuelto a la estrategia de llamadas. Cada cuarto de hora llamo al centro de salud, con ningún resultado. Sólo musiquita o tono de comunicar. Ya van seis días sin hablar con el médico. Estamos totalmente vendidos y desamparados, no puedes hacer nada más. Desesperante.

Además, hoy mi mujer dice que se encuentra también mal. Con dolor de cabeza y malestar. Al final, lo habrá cogido. No lo sabemos, porque a mi mujer y mi hijo nadie les ha hecho una prueba. Esto es un problemón, porque ella hoy debe trabajar por la tarde. Si no puede contactar con el médico, no sabrá si tiene derecho a la baja o no. Empezamos a llamar al médico con los dos móviles, a ver si tenemos suerte.

Al final, mi mujer decide ir al ambulatorio. Después de dos horas de cola, todos mezclados, la persona de admisiones le da cita telefónica para el médico mañana. No le hacen ninguna prueba de nada, a pesar de tener síntomas. No tiene la baja y no puede ir a trabajar en esas condiciones, tendrá que comunicarlo a la empresa. Ya se apañarán luego como sea. Es decir con cuatro posibilidades; baja médica, sanción, días a devolver o vacaciones gastadas. El sistema falla. Hasta conseguir la baja, estás en una situación vulnerable que no depende de ti.

Además, pregunta por mi situación y gracias a la amabilidad de la administrativa, consigue que yo también tenga cita telefónica para mañana a primera hora. Constata que no tengo la baja médica gestionada. Que mal todo.

Finaliza la mañana sin que el médico llame. Ya no lo hará en todo el día. Por lo menos sabemos algo más, pero ha sido necesario ir al ambulatorio en persona.

Hoy he tenido que salir del cuarto, para cuidar al crío cuando se ha ido mi mujer al ambulatorio. Nuestra intención es mantener la cuarentena hasta mañana, vuelvo al encarcelamiento después de comer. La verdad, es que aunque he salido con mascarilla y procurando no tocar nada, he agradecido escapar de la habitación por un rato.

Me sumerjo nuevamente en la rutina confinada. Intento gestionar mis emociones, que van desde el cabreo hasta la preocupación por el estado de salud de mi mujer.

Dura poco. A media tarde, viendo que a ella le ha subido la fiebre, decido romper mi aislamiento. Me pongo mascarilla y guantes, y me ocupo de algunas cosas. Intento involucrar al crío para dejarla sola y que pueda descansar mejor.

La necesidad hace que cenemos en la misma mesa, por primera vez desde hace seis días. Eso sí, aumentando la distancia entre nosotros y con mascarilla. De perdidos al río.

Así pasamos la tarde. A ver si mañana es el día en que se aclara todo.

lunes, 3 de enero de 2022

Mi experiencia con el Covid IV

 



Día 5. 2-1-2022. Domingo.



A las 10 me despierto y comienzo mi ya habitual rutina de aseo, desayuno, revisión de móvil y correos. Los síntomas van remitiendo, me encuentro bien.

El plan para hoy pasa por ver el partido del Zaragoza, que me ocupará gran parte de la tarde. Eso sí, si consigo que el ordenador funcione, entre actualizaciones y fallos, me está dando el día. Si no, tendré que verlo por el móvil, pero lo veré de todas formas.

Chateando con mi mujer, caemos en la cuenta de que no vamos a poder tener los regalos de Reyes de mi hijo con normalidad. Tenemos unos cuantos, pero habrá que encargar algunos a los Reyes Amazon. Pasamos parte de la mañana decidiendo cuáles. Al final, unos libros para que mi hijo lea con facilidad. Mañana nos los entregan, esperemos que sea así.

Al final el Zaragoza ha perdido. Se veía venir. A mí me sirve para distraerme un rato con los comentarios de los zaragocistas en la red. A ver si pasa ya la tarde. Hoy cenaré y dormiré pronto, quiero estar más despejado y con la mente clara al día siguiente.

Y es que mañana va a ser un día de nervios. Esperamos que el médico llame ya, para saber cómo actuar. Mi mujer trabaja por la tarde, así que si no cambia nada, tendré que dejar el aislamiento y salir por el piso para cuidar de mi hijo. Tendremos que estar con mascarilla y yo intentar tocar lo menos posible. Esperemos que no se contagie el crío, sería muy lamentable después de haber hecho un estricto confinamiento durante estos días. Me duermo preocupado.



domingo, 2 de enero de 2022

Mi experiencia con el Covid III

 

Día 4. 1-1-2022. Año Nuevo.


A las diez, me despierta una llamada de mi madre. Después de hablar con ella, caigo en la cuenta de que los síntomas han disminuido mucho. Casi sin dolor de cabeza y ligera molestia en la garganta. El estómago, bien gracias.

Día uno, es festivo, todo está cerrado. No me planteo hacer ni recibir llamadas del médico. Seguiremos con el paracetamol y con la paciencia a tope,

Comienza otro día de encierro. Ducha, almuerzo, reviso el móvil, comida... El ordenador se está actualizando y no me deja hacer nada en toda la mañana. Aprovecho para leer, a ver si acabo el Afgano de Forsyth, tengo ganas de conocer el final.

Caigo en la cuenta de que también es sábado. A ver si la liga inglesa me ofrece algún partido, allí juegan. Así es, veo al Tottenham. Parece buen partido. Mañana sufriré con el Zaragoza.

La tradicional comida de Año Nuevo en casa de mis padres se convierte en una comida especial en mi cuarto. Mi mujer ha hecho sopa y pollo asado, una de las comidas favoritas de mi hijo. Está muy bueno, la comida es de los mejores momentos del día.

Paso el día sin más, entre libros y películas. Esto se empieza a hacer rutinario.


sábado, 1 de enero de 2022

Mi experiencia con el Covid II



Día 3. 31-12-2021. Nochevieja. 



Me costó dormir. La falta de actividad, la saturación de tanta pantalla, tanta cama, o la propia enfermedad han hecho difícil conciliar el sueño. Menos síntomas que estos días anteriores. La cosa hasta el momento va bien. 

Me ducho y me pongo mis galas de Nochevieja, el pijama de Kobra Kai. Además, hoy estrenan temporada. Ya tengo plan para la tarde. La cena será rara. Mi mujer y mi hijo en el salón y yo en mi habitación. Han prometido venir a celebrar las campanadas conmigo a través de la ventana del balcón. Será inolvidable. 

Hoy además de esperar la llamada del doctor, he pensado en pasar a la acción. Llamaré al Centro de Salud. Va a estar imposible, pero aunque sea por probabilidades hay que intentarlo. No podemos seguir así. 

Al final, decido establecer periodos de llamadas. Llamo cada media hora, y dejo activa la llamada durante cinco minutos. Cuando acaba la mañana, no he conseguido dejar de oír la musiquita de espera ni hablar con nadie. Por la tarde, desisto de intentarlo. Es Nochevieja, no tiene sentido. 

Tampoco hoy me ha llamado el médico. Seguimos sin instrucciones de ningún tipo. Viene el fin de semana. Tendrá que ser el lunes cuando hable, imagino. 

Por la noche, celebramos la Nochevieja más extraña que he vivido. Mi mujer ha preparado una sabrosa y rica cena a base de aperitivos, lasaña y macedonia con yogur. Ceno a la vez que mi familia. Estamos en contacto a través de una larga videollamada, pero no es lo mismo. 

Yo veo las campanadas con retraso, el wifi de mi portátil tiene la culpa. Comidas las uvas, cumplen su promesa y hacemos un breve brindis, con champin y mascarilla puesta. Ha tenido que ser en la puerta de la habitación, a estas horas hace frío para hacerlo a través de la ventana del balcón. El 2022 ha llegado. ¡Salud! 

Unos en el comedor y otro en el cuarto, intentamos durante un rato ver los mismos especiales de televisión. Luego me pongo una serie. Alrededor de las dos nos vamos a dormir. Feliz año.

viernes, 31 de diciembre de 2021

Mi experiencia con el Covid




Día 1. 29-12-2021. Inicio. 



Cuando la dependienta no me dejó entrar de nuevo en la farmacia, supe que era positivo. Lo sospechaba, aunque no dejé de sorprenderme. Casi sin síntomas, solo unos que usualmente confundo con uno de mis cíclicos catarros, era positivo en un virus que ha demostrado ser tan peligroso. 

Lo segundo que hice, fue maldecirme por haber ido a tomar un café a un bar mientras esperaba el resultado. Había muy poca gente y estuve alejado de todo ser humano, con la mascarilla puesta, pero mi conciencia no paraba. 

Después se vino el mundo encima. Sabía lo que había que hacer. Llamar al médico sin más dilación. Cosa que hice con el móvil desde el coche. Después de más de media hora de musiquita sin que nadie cogiera el teléfono, acepté la sugerencia de mi mujer de presentarme allí en persona, a ver si conseguía que me atendieran de alguna manera. 

Cuando llegué a mi Centro de Salud, empezó el periplo por la instalación. El espejismo era que en la calle no pasaba gran cosa, los problemas empezaban dentro. Al poco de estar allí, intuí que el personal del Centro estaba desbordado, tanto las administrativas como los médicos y enfermeras. Empecé a armarme de paciencia, iba a ir para largo. 

Sin que nadie me preguntara donde iba ni porqué, me puse en una cola con unas treinta personas por delante, que estaban allí por diferentes motivos. Me concentré en estar atento y guardar gran distancia con cualquier persona para no contagiar. Pasado un rato, por necesidades del centro, nos cambiaron la cola de dirección y de pasillo. Menos mal que no estaba muy malo, porque estuve cerca de una hora en esa cola.

Comenzaban ya algunas discusiones entre la gente que allí estábamos y el personal del Centro. Había nervios e incertidumbre. Una enfermera o médico, no lo sé seguro, salió a recriminar al personal de admisión su trabajo. Estaban mandando a todo el mundo a hacer pruebas, y sólo debían hacérselas a la gente que tuviera síntomas. 

Una vez llegué al mostrador, la administrativa de admisión estaba ya saturada, tenía que estar pendiente de aconsejar a la otra ventanilla y de llamadas de los médicos del Centro. Amablemente y disculpándose por la situación, me indicó que como yo había salido positivo en la farmacia, me repetirían la prueba de antígenos allí, que era más fiable. “A la una, ponte en la cola de las pruebas, no sé dónde será, ponte donde haya gente”, dijo. 

Llegada la hora, fuera del centro, se formaron dos colas, una para las PCR -con poca gente- y otra para los Antígenos. Mientras que las pruebas de los niños iban a otra cola en la parte de atrás del centro. Como era un poco caos, una celadora decidió llamar por nombre a las personas para que pasaran a hacerse la prueba de antígenos. “Tranquilos, os nombraré a todos, tengo diez hojas”, dijo. Era algo ruda pero amigable. Su método funcionó bien. 

Empezamos a pasar a hacer las pruebas de una forma dinámica. Aquella cola duraría otros veinte minutos. Finalmente, me pidieron el teléfono y me hicieron la famosa y desagradable prueba del palito. “En media hora te llamaremos si eres positivo, si eres negativo, no te llamaremos”. 

Con esto finalizaba mi periplo por el Centro de Salud por ese día. En total, unas dos horas. Decidí, por iniciativa propia, esperar esa media hora en el coche por si tenía que volver. No llamaban, y me fui a casa. Mi mujer y mi hijo, ya conocedores de la situación, habían preparado la habitación para aislarme y pasé a ella directamente, procurando no tocar nada ni tener demasiada relación con ellos. 

Cuando ya empezaba a tener la esperanza de que fuera un resultado negativo, ya había pasado más de una hora desde la prueba, me llamaron. Era positivo. Tenía que confiarme y esperar la llamada del médico con sus indicaciones. Esta llamada no se produjo en todo el día. 

Pasé la primera tarde, preocupándome únicamente de mis dolores de cabeza y de garganta. En la habitación más grande del piso, con baño propio, vistas, dos libros y cuatro cómics, además de un portátil y el móvil, empecé el confinamiento. Con leves síntomas, entre mensajes de móvil, videollamadas, películas y libros, pasaron las horas sin mayores problemas. 

 

Día 2. 30-12-2021. Cuarentena


Despierto, el dolor de cabeza es mucho más leve que ayer. Algo de dolor de barriga. La garganta más o menos igual. Me alegro de no ir a peor. 

Ya empiezo a acostumbrarme a comer solo en la habitación. En realidad, toda la familia nos vamos acostumbrando a la nueva rutina. Intento que el crío no se preocupe y hablo con él por la ventana con la mascarilla puesta o le mando que haga algún dibujo. 

Paso la tarde actualizando el viejo portátil para intentar que funcione bien. He decidido hacer un diario de mi convalecencia. Me servirá para pasar el tiempo de una forma más agradable, mantendré la cabeza ocupada. También veo una serie en el ordenador. Tanto tiempo sólo en la habitación hace que los capítulos pasen rápidamente. Juegos en el móvil, llamadas, mensajes... Algo hay que hacer. 

El médico no ha llamado en todo el día. Seguimos igual. Mi mujer y mi hijo ni siquiera tienen una prueba hecha. No me preocupa mucho porque no tienen síntomas. En otro caso, las cosas se complicarían muchísimo. Dentro de lo malo, tenemos suerte. 

Mañana es Nochevieja, mal día para que llame el médico. Debería hacerlo, esta llamada es fundamental. De sus instrucciones dependen nuestra vida en los próximos días. Queda a criterio del médico aspectos como el tratamiento a seguir, la forma en que se hace la cuarentena o la determinación de las bajas laborales. 

Hasta que no hable con el médico no voy a estar realmente tranquilo. La incertidumbre pesa.

jueves, 19 de julio de 2018

El encuentro


Te voy a contar como empezó todo. Estaba yo de pie, agarrado al pasamanos, pensando en lo mío, cuando escuché:

Que pasa pues co?’

Alzando la mano, un tipo vestido con una camiseta del Zaragoza similar a la mía me saludaba efusivamente. Me giré, alcé la voz y pronunciando todas las sílabas contesté:

Co, que pasa pues?’

Todo correcto. Ya sabes que según los cánones, la conversación entre dos Maños empieza de esta manera. Aunque sea de punta a punta en un abarrotado vagón de metro.  Quisieran o no aquellos neoyorquinos, tuvieron que escuchar nuestra conversación.

Tras más de media hora de ahivadeahis, halapueses y jodos, los de seguridad,  usando un grosero inglés, nos invitaron a salir a la calle al considerarnos peligrosos alborotadores.

Con un “Hala maño, hasta más ver”, entre eufóricos y emocionados íbamos a poner fin a aquel singular encuentro, quizá para nunca volvernos a encontrar.

Sin embargo, al salir de la boca del metro, aquellos rascacielos nos inspiraron. Orgulloso, valiente, emocional y rebelde, desde nuestros adentros surgió un canto guerrero;

El ‘Mil banderas’ sonó en Times Square:

“ ¡¡ Miiiiiiiil baaaan-de-ras ondearán en las toooo-rres del Pilar....”

 y “luego:

“yo nací con dos colores uno blanco y otro azul, cuando muera que así pinten mi ataúd !!"




De repente, cuando ya íbamos por el “ale Zaragoza, ale, ale”, sonaron un par de bandurrias. Una rondalla de la Cinco Villas que iba a un festival nos rodeó. Impresionantes, con sus trajes joteros bien lucidos, empezaron a cantar y bailar:

“El Ebro guarda silencio al pasar por el Pilaaaaaar....”


La multitud empezó a arremolinarse junto a nosotros. Entre ellos, un señor mayor camuflado bajo una gorra y gafas de pasta. Creo que era Woody Allen, que intentaba entender lo que ocurría y ver si podría utilizar ese momento en alguna de sus películas.

“Parece una historia que aúna sus aficiones, las tradiciones de su pueblo con detalles de vídeos musicales de Bon Jovi y U2, grupos que a usted le gustan por cierto”. Dice ella.

Eso ocurrió. O al menos creo que fue de esta manera. No me convencerá de que no ocurrió así, señora psiquiatra.


                                                                                                                         Fernando Bolea




sábado, 6 de junio de 2015

Tener un niño

La llegada de nuestro bebé ha sido fruto del amor y se ha producido en un momento de estabilidad y madurez como pareja en el que sentimos que ya estamos preparados para ser padres. Por fin se han dado todas las circunstancias para que nuestra vida en común acceda al siguiente nivel, tener nuestro propio hijo o hija.  

Erik ha traído la felicidad absoluta a nuestra pequeña y recién formada familia. Ha cambiado nuestras vidas para siempre. Ya está aquí la pequeña personita que hemos estado esperando durante nueve meses. Y es precisamente eso, un individuo autónomo y  por ahora dependiente, que tiene sus necesidades, su genio, su carácter, y sus horarios. Erik, en noruego significa "el gobernante de todo", y efectivamente está siendo así en nuestra casa. Ahora manda él. Y nosotros encantados de que sea así, claro. 

Aunque todo el mundo da consejos e intenta advertir sobre lo que se viene encima, nadie te prepara para el carrusel de emociones que se vienen encima cuando tienes un niño. Euforia, preocupación, ansiedad, alegría... son sensaciones que se viven de forma intensa en las primeras semanas de vida del niño. A este respecto, la gente dice que los bebés son muy sencillos sólo lloran cuando tienen sueño, cacas o hambre. Es así y lo sabes, pero cuando estás en plena faena, el niño no se calla y has agotado estas tres opciones, la impotencia que sientes no puede compararse a nada. 

De momento, nuestra altura de miras no pasa de los pañales, lloros y necesidades del recién nacido. Parece que de repente hemos sido agraciados con un juguete que nos alegra la vida y sólo pensamos en esto. Es mejor así, porque cuando nos da por reflexionar y pensar que Erik se va a convertir en un niño, adolescente y adulto -como debe ser la evolución vital de una persona- aparece un vértigo difícil de gestionar. Supongo que esta sensación de responsabilidad sobre la vida de un hijo debe ser común a todos los padres, aunque intuyo que nadie quiere hablar de ella o se para a pensarlo detenidamente.  

Creo que cada vez que nace un niño, dos grandes familias se unen. Nuestros padres, hermanos, tíos, primos... se han volcado con Erik. Aunque ya esperábamos esta reacción, nos ha impresionado la ilusión que ha despertado nuestro pequeño en nuestras familias de origen. Su llegada ha servido para  varios fines; se han entablado nuevas relaciones personales entre nuestros parientes más cercanos, han renacido ilusiones en familias donde hacía ya tiempo que no había niños pequeños y se ha conseguido que nuestro linaje viaje hacia el futuro. Es muy gratificante saber que Erik estará acompañado por muchos primos  y primas de diversas edades que le ayudarán a lo largo de su vida. Todos ellos serán la próxima generación, nuestros sucesores, nuestra esperanza. Por todo esto, el cariño que nos han mostrado todos nuestros familiares nos ha emocionado. Gracias a todos. 

Se dice que Aragón es un país donde los hijos de tus amigos son tus sobrinos. Podemos corroborar que es cierto. Hasta ahora, nos ha tocado ejercer el papel de orgullosos tíos, con gran satisfacción y alegría. Ahora, nuestro peque es un nuevo miembro del clan de niños de los amigos. Sabemos que crecerán y que sus edades están muy próximas, su educación se desarrollará simultáneamente. Esperamos que entre ellos nazcan fuertes lazos que les una en su viaje vital, y que todos nos quieran. Nos enternece pensar en ello. 

En otros casos, esperamos que nuestros amigos ejerzan como tíos de Erik, e incluso a algunos les hemos reservado una misión en la educación su carácter; tenemos tíos y tías que aportarán cosas en música, en arte, en elegancia, en picardías... Así, se lo hemos pedido medio en broma, medio en serio, pero con la convicción de que su aportación harán de Erik una mejor persona.

Tener un niño está siendo una de las mejores experiencias que hemos tenido en nuestra vida. El impacto que ha supuesto en nuestras vidas la llegada de Erik, va más allá de algunos cambios físicos o mentales que se dan las personas que afrontan la paternidad o la maternidad. Nuestro hijo ha transformado los objetivos vitales que teníamos como pareja. A partir de ahora, nos centraremos en sacar adelante a nuestro hijo.  La ilusión de hacer de Erik una buena persona nos guiará. Pondremos a su disposición todos nuestros recursos, valores y experiencias. Nuestras esperanzas e ilusiones se van a volcar en él. Sus éxitos y fracasos serán los nuestros. 
  
Buscaremos en todo momento nuestra recompensa más deseada, el cariño de nuestro hijo. El sentimiento de ser padres nos marcará y acompañará toda la vida. 

Fernando Bolea Barluenga

viernes, 17 de abril de 2015

La letra rara


Desde su ventana en el cole de Sabiñánigo, Erik se distraía mirando el monte cada mañana. Todos los días, mientras estaba con sus compañeros aprendiendo la lección diaria , soñaba despierto con poder correr y jugar por sus praderas sin tener que estar en ese aburrido colegio tanto tiempo. Se distraía con facilidad, como todos los niños, pero si era necesario podía ser aplicado y listo. Lo había demostrado a menudo en clase, donde usaba su gran imaginación para resolver todas las tareas que la profesora les planteaba.

A sus cuatro años, en ese momento se encontraba en la ardua tarea de escribir su nombre. Los demás niños hacía rato que jugaban en el recreo, mientras él seguía sin poder escribir bien su nombre en aquel papel. La profesora lo vigilaba disimuladamente, sólo quedaban ellos dos en la clase y Erik sabía que no saldría de allí hasta que completara sus deberes. ¡Jope!

Todo por culpa de aquella letra que no sabía dibujar -a esas edades, escribir es dibujar-. Nadie en su clase la tenía en su nombre, no sabían cómo hacerla, no supieron ayudarle. Todos habían acabado su tarea muy pronto; una serie de repeticiones de su nombre hasta completar la hoja por las dos caras. Los niños y niñas de la clase, realizaron la tarea en común, como una cosa alegre y divertida que rápidamente finalizaron. Uno a uno salían al recreo, y sus juegos se oían desde la clase. Pero Erik no era parte de eso, seguía allí plantado, atascado en cómo hacer la letra final de su nombre, con esa forma tan rara...

Al final se decidió a hacer algo. No podía estar allí siempre, lo difícil sería hacer la primera letra. Sacando la lengua por un lado del labio, en un gesto que también hacía su madre cuando tenía una tarea difícil o de precisión, Erik volvió a intentarlo. Primero la "E", más bien fácil si la hacía cuadrada, siguiendo la cuadrícula del papel. Después la "r", al ser pequeña, la haría en dos trazos, como le había dicho la profesora. La "i", la letra que más le gustaba, un palo con sombrerito...

Y ahora la "k". La dichosa letra, con un palo vertical y aquellas dos cosas torcidas que siempre le salían tan mal. No conseguía darle una forma adecuada a la dichosa letrita. ¡Brrr!

Viendo que su hijo no estaba en el recreo con los demás, su padre se coló en el colegio y entró en la clase donde su niño estaba concentrado aprovechando un momento en el que la profesora había abandonado la clase. La conversación fue la siguiente:

- Erik, te voy a decir un truco para dibujar esta letra rápidamente, pero no digas a nadie que he estado aquí.

- ¡Vale!, respondió Erik.

- Hijo mío, cuando tengas que dibujar la letra "k", primero haz una "c". Las "c" se te dan bien ¿no?

- Sí papá, me gustan mucho. (A Erik, le gustaban las "C" sobretodo porque eran fáciles de hacer).

- Bien. Cuando tengas la "c", atraviésala con un palito grande como cuando haces la "I" grande o el primer trazo de la letra "E" grande. Así formarás una "k" y podrás escribir tu nombre rápidamente.

Dicho esto, su padre abandonó la clase rápida y silenciosamente, procurando no ser visto por nadie como un prófugo que escapa de prisión, como un espía en acción, como el inspector Gadget en modo sigilo. Había que hacer un poco de teatro para que el crío quedara contento de su visita. Además, no deseaba que aquella estricta profesora le llamara la atención por haber ayudado a su hijo, por lo que en realidad el modo espía era necesario. Cuando llegó a la zona de padres, estaba muy satisfecho por haber ayudado a su hijo. Creía que lo había entendido bien. Sabía que le gustaba mucho la "c", no paraba de dibujarla a todas horas. Se lamentó. Si le hubieran puesto el nombre con "c" final, su hijo no hubiera tenido tantos problemas al escribir su propio nombre...

Erik comenzó a dibujar en un papel miles de "k" basadas en "c", y cuando estuvo seguro, se decidió a escribir su nombre de forma completa en la hoja que le había dado la profesora. Por fin, vio su nombre escrito por su propia mano, y le gustó. Comenzó a repetir Eriks hasta llenar las dos carillas de la hoja que tenía asignadas y finalmente concluyó muy contento sus deberes.

Entregó la hoja a la estirada profe, que la recogió con desdén. "¡Por fin habían acabado todos!", ya podía irse a casa. De reojo, echó un vistazo a la hoja e impresionada pensó: "¡Que diablillo de niño! ¿Cómo se le habrá ocurrido escribir así su nombre?". Efectivamente, en la escritura de su nombre, Erik, había escrito todas las palabras de la misma forma. Las tres primeras letras -E, r, i- con formas rectas, siguiendo exactamente los grandes cuadrados de la cuadrícula de la hoja. Y luego estaba aquella forma particular de hacer las "k", que se veían claramente formadas por una "c" perfectamente redondeada con un palito grande.

Cuando la profesora reaccionó, fue imposible preguntarle al niño. Corría ya desaforadamente por los pasillos del cole dando saltos de alegría, directo hacia el lugar donde se encontraba su padre, que lo recibió con un gran abrazo.

Aquel día Erik se había quedado sin recreo, pero la próxima vez acabaría antes y ya no sería necesario sacar la lengua para escribir su nombre.

Fernando Bolea Barluenga

jueves, 13 de noviembre de 2014

Una noche en la montaña


Allí estaban, parados en una solitaria carretera de los Pirineos. Estaba atardeciendo, comenzaba a nevar, cuando Guillén salió del habitáculo para intentar solucionar la avería del coche y de paso colocar las cadenas para continuar el viaje. La cosa iba a durar un rato. Guillén era trabajador y voluntarioso, pero en cuestión de coches no tenía mucha idea. 

Izaskun, sola en el coche, tuvo un momento para recordar cómo había llegado hasta allí desde que se instaló en la montaña aragonesa. Salían juntos, desde que ella abandonó del País Vasco. Había dicho que era para alejarse de su ruptura con Aritz, su pareja en aquel entonces. Pero en realidad fue la excusa para comenzar una nueva vida, en la que no tuviera que preocuparse por el viciado clima político que ella respiraba a diario. Aunque hace ya años que no hay atentados, en su opinión la sociedad vasca todavía puede sentirse cierta tensión. No podía soportarlo, Izaskun quería olvidarse de palabras como Euskadi, Ertzanza, independentzia, autodeterminación, raza vasca... 

Todas esas palabras que habían hecho casi irreconciliables a sus familiares más próximos. En su familia, como en muchas otras, las distintas posiciones políticas provocaban a menudo conflictos difíciles de solucionar. Sus padres vivían en Getxo, gozaban de una buena posición económica, pertenecían a una antigua saga de industriales vascos. Eran nacionalistas y tradicionalistas, no aceptaban bien los vertiginosos cambios sociales que se daban en la sociedad vasca. Su hermano Mikel era un obrero cualificado profundamente socialista y brillante discutidor. Al mismo tiempo, Aritz, era un radical muy próximo al movimiento abertzale, cuyas ideas quería imponer a toda costa. 

Cuando Aritz llegó a la familia, tomaron la costumbre de pasar los domingos en la casa de Getxo todos juntos. Las discusiones en esas comidas eran al principio agradables e interesantes, pero habían derivado en un enconado conflicto familiar sin solución. Izaskun era más bien progresista, pero sin conceptos claros. En realidad, la política le importaba poco, pero deseaba que las personas que más le importaban se llevaran bien. Siempre intentaba mediar para que no hubiera ganadores ni perdedores. Durante un tiempo fue posible, pero cuando el odio visceral llegó a su zénit, tuvo que elegir entre su novio y su familia. Le costó mucho dejar a Aritz, pero su extremismo ideológico era incompatible con la vida en pareja y con una relación familiar normal. En lo más profundo de su ser, sabía que ese sueño al lado de Aritz sería imposible. 

Tras la dura ruptura, se replanteó su vida. Necesitaba salir de aquel entorno, cambiar de trabajo, conocer nueva gente. Iba a hacerlo, iría a un lugar más tranquilo aunque cercano a su tierra natal, no era amiga de cambios radicales. Ya conocía la montaña aragonesa, y eligió establecerse en Ansó. Le gustaba el valle y estaba bastante cerca de su tierra natal. Podía realizar on line su trabajo de ejecutiva comercial en una empresa de viajes turísticos. Vendió bien su idea a sus jefes, a partir de entonces buscaría oportunidades de negocio en Aragón. La empresa se introduciría en un nuevo mercado y ella podría dar un nuevo giro a su vida. 

Así, alquiló una pequeña casa en el monte, en las afueras del pueblo. Al principio, tuvo vacaciones, que empleó para instalarse y adaptarse al entorno. Ella, que siempre había vivido en una gran ciudad como Bilbao, se hizo montañera, se puso en forma y se volvió algo hippie. A la vez, su carácter cambió, se hizo más abierta y confiada. Fruto de ello, hizo nuevas amistades rápidamente. En general sus vecinos eran amables, entrañables y libres. Enseguida fue una más ¡Qué diferente era esto del País Vasco! 

Había conocido a Guillén cuando ambos coincidieron en una andada de alta montaña. Fue amor a primera vista, su pasión por la naturaleza los unió. Guillén embaucó a Izaskun para que uniera a su proyecto de negocio, una casa rural de carácter naturalista, donde los clientes consumirían los productos de su propio huerto y granja, criados a la manera tradicional. 

Durante un tiempo Izaskun compatibilizó su trabajo de comercial con la actividad en la casa rural, pero habían progresado mucho y tuvo que dedicarse a ella en exclusiva. Tras dejar su empresa, la experiencia comercial de Izaskun tuvo grandes resultados para su proyecto común. Dos años después, regentaban una casa rural y un negocio de aventura. Izaskun era una gran comercial, la parte amable del negocio. Guillén era emprendedor, muy valiente, y con un encanto natural. Se preciaba de conocer bien y amar la montaña. La suma de las habilidades de los dos fue la llave del éxito de su negocio. 

En sus viajes de trabajo, conducía siempre Guillén y a menudo tomaba pequeñas carreteras como atajo. A Izaskun no le gustaban, pero Guillén era un buen aragonés, grande, terco, no era fácil de convencer. Izaskun pensó que cuando Guillén volviera al habitáculo, le abroncaría. ¡Qué manía! ¡Por tomar esos dichosos atajos se encontraban tirados en la montaña en una carretera sin tráfico! 

Estaba aterida de frío, en su asiento de copiloto comenzó a soplarse las manos para intentar calentarse. No podía activar la calefacción mientras Guillén hurgaba en las entrañas del motor, así que intentó abrigarse con todo lo que encontró dentro de la cabina del coche. Era friolera para ser del Norte, pero aún así se había vestido a la moda para aquella ocasión, la cena que precedía a una feria turística en la que hacía tanto que deseaban estar. Últimamente la moda es independiente del tiempo que haga, e Izaskun lo estaba sufriendo en aquel momentbbdo. ¡Maldita sea! ¡Se suponía que ese corto viaje sólo iba a durar unos minutos! 

Bueno, por lo menos buscaría algo para entretenerse. Abrió la guantera, y la vió. Una pistola. Izaskun sólo las había visto en las películas. No podía creer lo que estaba viendo. Guillén tenía un arma y no le había dicho nada. Cientos de preguntas estallaron a la vez en su cabeza.Tener un arma era una gran decisión, ¿Por qué Guillén no se la había consultado? ¿Cómo la había conseguido? Y sobre todo, ¿Para qué la quería? ¿Estaban en peligro? 

En eso estaba cuando ¡Plom! El sonido del capó, indicaba que Guillén ya había finalizado la reparación. Ahora iría al maletero a dejar las herramientas. Disponía de unos segundos para pensar una estrategia. ¿Debía preguntarle directamente o sonsacarle poco a poco? Sería mejor intentar la vía indirecta, sabía que con Guillén era inútil confrontar directamente, se cerraría en banda. Debía esperar a que él se lo dijera por propia voluntad, pero conseguirlo no sería fácil. Sentía que la tensión se apoderaba de ella.
- Bueno, ya está. Creo que con el apaño podremos llegar. Dijo Guillén.

- Menos mal, estoy helada, este vestido no abriga nada. Contestó Izaskun.

Parecía ausente. Guillén mantenía una extraña calma. Se estaba limitando a arrancar el coche en silencio. La intranquilidad de Izaskun se hizo más grande. Normalmente, Guillén hubiera proferido unos cuantos improperios y pegado algún golpe a su vehículo. Algo pasaba. Tras unos minutos, Izaskun preguntó:

- I. ¿Que le pasaba al coche? Todavía no me lo has dicho...

- G. ¿Eh? ¡Ah sí! Se ha calentado un poco, y se ha roto un manguito. He podido repararlo con un poco de cinta aislante. Esperemos que aguante hasta el pueblo.

- I. ¿Pero estamos cerca no?

Guillén no contestó a la pregunta, parecía no haberla oído. Izaskun, no pudo contenerse y a gritos dijo:

- I. ¿¿Pero me has oído?? ¡¡Te he preguntado que cuanto falta para el pueblo!! ¡¡ Contéstame!!

- G. Izaskun, tranquila, no hace falta que me grites. Para el pueblo falta un rato, como una hora con la carretera en estas condiciones, pero tengo que contarte algo, sólo estaba pensando cómo decírtelo. 


- I. ¿Qué pasa? Dijo, tartamudeando no sólo por el frío. Guillén, no era un hombre que se guardara cosas, todo lo soltaba directamente. El hecho de que tuviera que pensar la forma de contarle algo, indicaba que era un asunto importante o que podía hacerle daño a ella. ¿Sería ése el momento en que le contara lo de la pistola? ¿Qué iba a pasar? Se preocupó, pero entonces Guillén comenzó a hablar...


Fernando Bolea Barluenga